De cómo cargar piedras… sin moverse del sitio

Escena III · Distinción: Responsabilidad vs. Culpa

Villa de los Olivos · En el camino de los cipreses


“En la Villa de los Olivos, hasta los olivos fingen no haber visto nada.”


El sol castigaba el camino; hacía tanto calor que hasta las estatuas de mármol parecían querer desabrocharse la túnica.


Aurelia (dramática): —¡Es mi fin, Maestro! He dejado abierta la puerta del establo y Alba, la yegua de Cornelia, ha huido hacia las colinas. ¡Soy un desastre! ¡Una amenaza para la civilización!

Valerio: —¿Y el caballo ha vuelto por compasión?

Aurelia: —¡No! ¡Pero estoy sufriendo! ¡Profundamente!

Lucio (apareciendo con una cuerda): —Se nota. Desde aquí. El caballo también debe de estar muy impresionado.

Cornelia (mirando al horizonte): —La yegua no huye del error… huye del discurso.

Aurelia: —¡Es culpa mía! ¡Toda mía! ¡Podría escribir un tratado!

Valerio: —Si lo escribes, ¿la yegua lo lee… o sigue corriendo?

Aurelia duda.

Lucio: —Podrías alcanzarla… o podrías seguir mejorando el tratado. ¿Quieres otro papiro… o salimos a por el caballo?

Aurelia: —¡Pero si no me castigo, parecerá que no me importa!

Cornelia: —Si la alcanzas, lo sabremos todos. Incluso la yegua.

(Pausa breve. El viento no traía caballos.)

Valerio: —Ahora mismo tienes dos opciones: seguir teniendo razón… o tener caballo.

Lucio le lanza la cuerda.

Aurelia la mira. Luego al camino. Luego otra vez la cuerda.

Aurelia: —¿Entonces… dejo de ser un desastre y me convierto en alguien que corre?

Valerio: —Sería un buen comienzo.

Cornelia: —Y más útil.


Aurelia arranca a trotar. A los pocos pasos, se gira:

—¡Maestro! ¡Sigo siendo la que abrió la puerta… pero ahora soy la que corre detrás!

Lucio (mordiendo una manzana): —Curioso… correr parece avanzar más que lamentarse.

Cornelia: —El caballo no entiende de culpa… pero sí de quién llega.

El camino volvió a quedarse en silencio.
Esta vez… con menos palabras y más movimiento.